23/6/14

La TV, en la salud y en la enfermedad

He pasado una temporada de estancia en un centro con gastos pagados por cuenta del estado, no de vacaciones, precisamente, sino más bien hospitalario, de los "públicos", que les llaman, aun siendo cada vez más difícil distinguir 'público' de 'privado'.
         El caso es que me tocó compartir habitación con otro, como sucede, por otra parte, en la mayoría de hospitales de la seg. social, si no en todos. En la habitación no podía faltar el aparato de televisión —ya se sabe: en lo alto, frente a las camas de ambos ingresados—, que funcionaba alimentándolo con monedas. Como alérgico a la televisión tuve una inmensa suerte porque el compañero, quizás porque no veía bien y tampoco parecía andar muy bien del oído, no le echó comida al aparato ni un solo minuto, con lo que, en lo referido a ese aspecto, tuve una estancia muy tranquila.
         Después, incluso durante el ingreso lo había llegado a pensar —se me abrían las carnes—, pensé qué habría ocurrido si al compañero de infortunios le hubiera dado por poner el chisme. ¿Qué habría podido hacer yo? ¿Qué si le da por poner un partido? ¿Qué si le da por una carrera de coches o de motos? ¿Y si por poner un concurso idiota —valga la redundancia— ... o una tertulia... o uno de chismorreos? ¿Y si un telediario?... Para echarse a temblar. Y es que no me parece justo, es algo que no tendría que estar permitido —al menos en habitaciones compartidas—: la televisión. Pero parece ser que ésta lo tiene que invadir todo. ¡Socorro!

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