15/6/14

Diálogo

[XI]

    —Buenos días, Valerio, vecino. Qué, ¿paseando tempranito?
    —Nada de pasear, que no me gusta, Julia. Más bien andando, a paso rápido, para hacer algo físico y no despreciar del todo los mandamientos médicos. Y tan temprano, aunque ya amanecido en esta época del año, sobre todo para evitar la hora punta del tráfago de coches y de perros, pues no sacan tan pronto a sus amos...
    —Al revés, dirás.
    —Al revés y al derecho: que los amos sacan a los perros, pero también los perros a los amos. ¿O acaso este milú no te saca al día...? ¿cuántas veces? ¿tres?... El otro día ví cómo salía el chucho escopetado del ascensor, seguramente sin poderse aguantar, casi arrastrando con la traílla a tu hijo.
    —Se llama Luisito.
    —¿Y el perro?
    —Luisito es el perro. Sí, tres... y si lo hago cuatro, mejor para él. Es su necesidad.
    —Pero sospecho que es también, necesidades aparte, una venganza del chucho...
    —¡Chiiisss! ¡Ya está bien de chuchearlo! Sin faltarle al respeto, Valerio, que es de pura raza (y hasta tiene sus derechos), según me aseguraron cuando lo compré-adopté en la pajarería: varias generaciones de antepasados con pedigrí, con papeles en regla.
    —Pues sospecho (chucho o aristócrata) que a más de la necesidad es una venganza por ser objeto de propiedad y de obediencia: el precio que tenéis que pagar los amos.
    —Puede, pero compensa, merece la pena. ¡Y el cariño que recibes a cambio!
    —Pero cuando algo "compensa" es porque se establece una equivalencia, un precio en definitiva. Conque, jugando con las palabras, sería un cariño precioso.
    —¡Y la fidelidad que te tienen!
    —Sí, en eso tienes razón: son de una fidelidad a prueba de... humanos. Porque hace falta tener aguante para ser fieles a los hombres. Es lo que se conoce, precisamente, como fidelidad perruna. Aunque parece que hay indicios de rebelión, y de vez en cuando sale en la televisión que uno, probablemente, pienso yo, cansado de tanta obediencia y fidelidad o de maltratos (tales como llevarlos encerrados en los coches con la cabezota pegada al cristal trasero), se ha revuelto contra el dueño, incluso contra el niño-dueño, y le ha más que enseñado los dientes. Y...
    —Perdona un momento, que tengo que recoger... ya está... decías...
    —Supongo que en las deposiciones con diarrea lo tendrás muy dificil, y en los orines, imposible. Decía... nada: en realidad antes sólo te iba a comentar los casos de los amos desalmados que, cansados del perro (o cansados del niño aburrido del perro), abandonan al animal en un descampado... Pero en fin, sigo con mi caminata antes de que se llenen el parque y las aceras de kilométricas correas, y de perros defecando, y orinando por esquinas, farolas, bolardos, alcorques, fachadas, y corriendo y ladrando por todas partes, y, peor aún si cabe, de corrillos de propietarios de perros contándose unos a otros, sin escuchar siquiera lo que cada cual dice, interrupiéndose para relatar las monerías que su bicho hace y cómo les obedece. Pero mira, ahí viene otro amo razonando con una perrita. Una ocasión, quizás, para que este tuyo retoce, incluso para pasar a mayores, que no creo que el pobre ande muy sobrado de alegrías.
    —Bien, ya veo que no te son simpáticos los canes.
    —No es que no me sean simpáticos, incluso, en cierto modo, es lo contrario: que, aceptando por un momento su sumisión, hasta los puedo compadecer por tener que soportar a sus propietarios, y perdona por la parte que te toque, y que se salve el dueño que pueda.
    —¡Jesús, Valerio, la que me ha caído encima por encontrarnos!
  —Perdona, Julia, por haberte hecho depositaria de mis improperios, como si tú fueras la única dueña de perro, cuando no es así precisamente porque hoy todo el mundo tiene perro... y coche: son los dueños de las ciudades.
    —Nos vemos por la casa. Que tengas buen paseo.
    —Igualmente vosotros.

                  
Otros diálogos
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