13/12/10

Caminando 'al lado' del carril-bici

Salí el sábado por la tarde, antes que anocheciera, a dar un paseo por una zona de Alcorcón donde ya está en funcionamiento el carril-bici, caminando por la acera, más o menos en paralelo al carril, construido en esta zona en su mayor parte recortando terrenos de parque o de césped o dejando en algunos tramos una acera de poco más de metro y medio.
       El caso es que fui muy atento a ver cuántos ciclistas me encontraba. El paseo, más bien caminata a paso vivo, duró, entre ida y vuelta —ésta por la acera opuesta, pero desde la que también alcanzaba a ver el carril ciclista—, cerca de una hora. Pues bien, en este tiempo ví... tres ciclistas ¡tres!: dos por su carril, lo cual, teniendo en cuenta que es bidireccional, no se puede hablar precisamente de éxito; el otro, por la calzada, al llegar a un cruce, saltándose el semáforo en rojo, hizo frenar a un coche, que salía por su derecha con su semáforo en verde, para no llevárselo por delante. A los pocos metros ví cómo el tipo de la bici se metía por la acera. También pude observar gente paseando por el carril bici, algunos con cochecito de niño o paseando al perro; otros corriendo, haciendo footing o troting o lo que sea. En ocasiones es inevitable, al llegar a algunas intersecciones —¡las hay infames!—, que el peatón tenga que cruzar el carril, incluso, a veces tiene que esperar metido en él a que se abra el semáforo. Es más, como algunos semáforos son de los de "peatón pulse", para pulsar hay que cruzar —o no, según la posición— el carril de la bicicleta.
       Lo paradójico de que el carril fracase es que a los peatones, al menos en cuanto tales, no puede producirnos sino alegría. En efecto, si se tiene en cuenta que el carril no está integrado en el transporte general de la ciudad, en contra de lo que el Ayuntamiento proclama con jerga municipal, sino que lo que hace es segregar de la calzada la circulación de bicicletas y solaparla de forma más o menos clara en las aceras, siempre en perjuicio del peatón y, desde luego, siempre con molestias para él, quiere decirse que, como es imposible construir un carril que llegue a todas partes (¿?), al menos sin un grave quebranto para los coches y mucho más grave aún para los peatones, de alguna manera tendrá que ir el ciclista desde su puerta a enlazar con el carril —y, a la vuelta, desde éste a su puerta—. Sólo se me ocurren tres: a) por la calzada; b) andando por la acera con la bici del manillar —risum teneatis?—; y c) circulando por la acera con la bicicleta. No sé en qué proporción se decidirán los ciclistas por cada una de las tres posibilidades, aunque me temo por cual optará la mayoría de ellos.
       Sea como sea, lo que sí parece seguro es que cuanto más se utilice el carril, más bicicletas por las aceras. Pero si no se utiliza, si es un fracaso de uso, los alcorconeros habremos costeado una obra inútil. De otra manera: en la medida en que el carril tenga éxito aumentará la circulación de bicis por las aceras, y en la medida en que no, habremos contribuido a pagar una inutilidad. Así que, bien como peatones, bien como contribuyentes, nos podemos dar por jodidos.

1 comentario:

Dionisio García dijo...

He repetido esta tarde la caminata. A la vuelta, ya casi de anochecida. ¿Cuántos ciclistas por el carril-bici? Ni uno.